febrero 02, 2010

De cuando a una le viene la decepción y cuando a una le piden una autopsia

Yo me prendí esa noche cuando viajaba en el autobús. Tenía tres pies y me montaba a mi madre.

Vivíamos en el mar y dormíamos en la arena y cogía a los peces con la boca como un vil bocado: los charalitos como las calabacitas tiernas de Saúl eran mi debilidad.

Probé mi primera cerveza a los tres años y me volví alcohólica a los doce.

A mis dieciséis me trababa en los bares y buenota que me daba con las notas, de todas cosas.

Conocí a mi perro y él aprendió a nadar conmigo y él me enseñó a fumar mota y a cargar con nuestra cantimplora.

De las noches que pasé dudando y de las noches que frustaste mis suicidios… verás, no tocaste la puerta esa vez, tampoco atiné a sellar todas las puertas con diurex y cuando intenté con la tetera preferí beber del tarro y ahogarme en mi garrafón.

Mis dolores de cabeza sí son recurrentes señor doctor. Mi perro sí me habla y me dice que soy una "haba". Me tiro fregaderas y me revuelco como perro en las tardes de sol y tengo prejuicios con los borrachos y me caen bien las prostitutas y sueño con la vida en Tijuana a lo machín. Sí tengo veintidós corazones. Sí me meto pastas señor justicia. Sí me cago de frío en las mañanas Charly y sí, cumplo con mi tarea.


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